lunes, 29 de junio de 2015

Lagunas Parón y Artesoncocha

Julio, 2014. Año entero en penumbras. Debo buscar algún tipo de resplandor, no importa si fugaz: así que mentalizo Huaraz y alguna nueva ruta entre los nevados, eternos pasivos placebos, para mí al menos, que ahora probaré en un eón aún sinfín y ruin. Quiero ir más al norte del muy popular circuito de Llanganuco. Caraz (Caráz, Caras, Carás) y la Laguna Parón aparecen vertiginosamente como la x del mapa. El plan no es como lo había visionado,  sin embargo, intempestivo al anochecer, sin que nadie me vea, me catapulto vía lanzadera Fiori y la Panamericana Norte... Cordillera Blanca, a tus brazos voy apresurado. Cierro mis ojos, quizás fugazmente, buscando entre las sombras. 

Radiante Caraz me recibe, y a embarcarme a Parón... aunque ese cielo despejado no lo está arriba en la cordillera...

Alba en Huaraz. Y el destello nival cordillerano desfilando ante mis ojos, un verdadero gusto verte nuevamente, pues te extrañé mucho. Sin embargo espesas nubes aplastan mis nevados, y no parecen querer despejarse. Paseo un poco por algunas calles del centro, recogiendo mis propios pasos, y por cierto, averiguando si hay tour «popular» a Parón. En absoluto. No hay asistencia masiva, y como mínimo, a uno solo le costaría alrededor de S/. 400 ser llevado allí desde Huaraz. No hay modo, como un buen mortal, rutearé hasta Caraz y allí probaré suerte de, o bien encontrar algún tour, o bien ya llegar como fuere a Parón. En Caraz la cosa me sonríe: es justo la fecha de la fiesta del pago al agua, y se organizan partidas (en combi, en camión, auto), mezclando turismo y turistas genuinos con la población local, que no precisamente va a conocer la laguna, que por cierto ya debe conocerla: lo que hay es una fiesta local y a eso se aprestan eufóricamente los caracinos y demás gente de los poblados cercanos. Muy folklórico todo, justamente el toque de calor humano para el hielo y la nieve. Bueno, resultará que en realidad, al final, es contaminante calor.

La fiesta en Parón en cuestión es mañana 29, y hoy 28, vísperas, hay otra suerte de celebraciones patrias: desfile escolar, misas, ferias, y por supuesto, turismo. O sea que inmediatamente llego a la Plaza de Armas de Caraz, encuentro que están partiendo visitantes a la laguna. Perfecto, y claro, muchísimo más económico. Llego por fin a esta joya turquesa, jade y azul, famosa por fotos, de hecho uno de los paisajes insignia de la Cordillera Blanca. Mas las espesas nubes en efecto no se despejaron jamás, y hay cero visibilidad del espectáculo de cumbres nevadas que circundan la laguna. Cero absoluto. No es justo, para mí, que amante incondicional de esta parte del Perú. Un tanto enfurecido, sobre todo porque, como parte de un grupo de visitantes, hay limitaciones de recorrido. Vaya. Por eso, prefiero hacer esto independientemente, allá la mayoría que prefiere ciertas supuestas «seguridades» o «garantías» (de las que habría mucho que dudar dada la propia informalidad de las empresas de turismo, sino cuando flagrantes estafas), pagando a cambio el precio de no conocer realmente un sitio, al aire de tu propia incursión y todo lo que ello implique, sin miedo. No hay modo entonces: o vuelvo o regreso, o solo o sin compañía. Qué gusto esta falta de opciones.

Laguna Parón: opaca en nuestra primera cita :(

Abajo en el Callejón de Huaylas, la noche avanzará en Caraz. A esta ciudad, la última importante hacia el norte del callejón, el puerto desde donde parten las aventuras hacia el Nevado Alpamayo (revista Alpinismus [mayo de 1966]: «La Montaña más Bella del Mundo») o la Quebrada Santa Cruz, se le conoce tradicionalmente como Caraz Dulzura. Doy fe, de hecho, de unos helados fabricados allí mismo exquisitos y adictivos. El río Santa discurre pues entre flores, dulces y postres, para luego pasar a ser víctima de intento de estrangulamiento en el Cañón del Pato, y aún después, en la distante costa, terminar diluido en el Océano Pacífico en Chimbote. Entre tanto, aquí la costa sabe ajena mientras un espectro discurre por las calles serranas, observa a las personas, pretende alcanzar las estrellas, escudriña las negras siluetas de las montañas lejanas, busca, en fin, algo. Pero por fin, cierra los ojos.

Qué paradoja mi confinamiento solitario. Saborear lo dulce del trazo propio del camino, haciendo un paralelo directo con la vida y lo que muchos llaman «el destino»: no hay tal designio, hay que inventarlo paso a paso. Dicen que estos parajes andinos son belleza y melancolía a la vez… en efecto. Como el cielo estaré, azulado, y solo el viento me seguirá. Podré fingir granito, hielo, y frío, no podré desolación e inanición, cual gigante de piedra que va quedando desprovisto de su alegre manto de nieve. Y como azulado, el cielo me llama. Al menos, recompensado estaré hoy: no hay nubes. Me dispongo entonces a ver el amanecer y así es como, en esa clase de experiencias que a uno le embargan, ya quien sepa de qué carga afectiva cada uno, presencio los primeros fulgores solares detrás de los picos del Aguja, el Huandoy y el Huascarán. Muy bello espectáculo.

El día emerge en Caraz :) y resplandecen las cumbres de los Aguja, Huandoy y Huascarán (el techo del Perú), de izquierda a derecha.

Dopaminérgico así, vuelvo a subir hacia sus entrañas, y esta vez confundido entre los pobladores locales, a mi aire. Ahora sí, puedo ver con mis propios ojos al Pirámide Garcilaso, al Chacraraju, luego de tantas postales y libros, y en toda su dimensión, diáfana y brillante, a la Laguna Parón. Es como poder ver una de esas postales en tres dimensiones, con una profundidad inexplicable que me atrae poderosamente. Y a eso he venido pues, a penetrar la cordillera, a incrustarme en este paisaje y de ser posible llegar a tocar el hielo, a llegar donde la vista de las demás personas ya no alcanza a distinguir si se trata de una persona, una roca o un arbusto… y como sucederá, a fundirme con la tierra y la roca, olvidarme, en fin, de mí mismo una eternidad encerrada en un instante de pasmo.

Ahora sí, salvaje esplendor, inolvidable: Laguna Parón (4185 m.) y al fondo los nevados Pirámide Garcilaso (5885 m.) y Chacraraju Oeste (6112 m.).


180 grados de seismiles de izquierda a derecha custodiándome: el flanco sur del Caraz Oeste (6025 m.), Pirámide al fondo, Chacraraju Oeste (6112 m.), y Huandoy Este (6395 m.). Épico.

Progreso hacia el fondo de la quebrada, en suave pendiente, teniendo siempre a mi derecha el ancho campo turquesa de la laguna «varón», el apodo que recibió dada sus dimensiones, y vocablo del cual, distorsionado fonéticamente por los hablantes locales, deriva su nombre Parón. Llego así al comienzo de la laguna y sus discretas playas, directamente al pie de las estribaciones del Pirámide, el Chacraraju y el Pisco, mirando hacia atrás las cumbres del Huandoy, y rodeado de altos bordes de enormes morrenas. Sobre todo, rodeado de una serenidad por la que, sumiso, me dejo embargar. Hay nubes que están creciendo, y que gustan paralizarse en lo alto de las cumbres, especialmente una que no deja al, también piramidal, Nevado Artensonraju (6025 m., cuya cara norte se dice inspiró la montaña de Paramount Pictures). Inquietante entorno: detrás del Artenson se precipita la Quebrada Santa Cruz para inmediatamente levantarse el Alpamayo. Todo esto me deja sin aliento, y no es la falta de oxígeno a estos ya 4000 m.s.n.m., sino contemplar estas montañas de una estética tal que, para cualquier creyente, es extremadamente sospechosa de diseño, para nada más maravillar al hombre. Simplemente me paralizo ante soberbio escenario. La dicha me toma. Y tomo el sendero hacia la Laguna Artesoncocha, hacia la izquierda, internándose más aún en las alturas y el granito puro, entre los nevados Caraz y Pirámide.

¡Qué sublime! Cuidando mis espaldas los Pirámide (5885 m.) y Chacraraju Oeste (6112 m.) y en mi pecho Front 242.

Panorámica captando porciones de Parón y Artesoncocha, de izquierda a derecha.

La Laguna Artesoncocha es mucho menor que Parón, pero es la antesala de las expediciones hacia los nevados Artensonraju y Caraz, estando directamente debajo de éstos. Al asomarme por una colina sobre ella, hago un rodeo por su derecha, apartándome del sendero, para pisar suelo exclusivamente de la cordillera y no el sendero que todos transitan. Así que hago una breve incursión en la roca viva, granito puro, puesto que de repente se terminó la orilla para caminar, y más adelante llego a una tímida playa en la orilla norte. Hacia la otra orilla, en el sendero, veo un par de personas, pero a eso se reducirá la presencia humana este fabuloso 29 de julio. Unos metros después hay aún otra laguna más pequeña, y otros 20 más adelante, sobre un pedregal de derrumbe, una formidable pared de roca vertical, por la que se precipita el afluente que alimenta a estas lagunas. Sobre esta pared yace una lengua glaciar que desciende del Artensonraju (habiendo un sendero que asciende sobre el noreste de Artensoncocha y que llega hasta allí). Aquí, entre las innumerables rocas, atento, presto al frío cordillerano, veo un fulgor escondido: ¡HIELO! Bien, en este punto, en las entrañas de la Cordillera Blanca, con el estómago vacío pero repleto de éxtasis, alcanzo la sangre misma del nevado, y la introduzco en mi cuerpo, cual ritual totémico, cual sagrada comunión. Ingiero la fuerza, la soberanía, la quietud, la contemplación… llevo en mis entrañas las tuyas. Eme aquí, en un lugar donde no llega la vista del incauto, en lo sublime, donde, de alguna manera, logro trascendencia, y correspondientemente, el espacio trasciende en mí.

Laguna Artesoncocha (4700 m.) debajo del Caraz y el Arteson.

Playita 

Listo, estoy hecho...

A fuerza de hambre me distancio del totalitarismo blanco de la nieve, diré que perpetua, olvidando un poco el calentamiento global. Necesito llevarme estas impresiones visuales, y, eventualmente, si tengo la oportunidad, transformarme en legado indirecto de la existencia de estos refugios dramatizados de la nieve y el hielo, en el tiempo y el espacio, para cuando o bien los neófitos quieran saber de ello, o solo haya que relatarlo como parte de un hermoso cuento de ecología que un día terminó. Y he aquí pues porqué refugios dramatizados: a mi regreso, en la estación turística de la Laguna Parón, una muchedumbre de personas celebra el «pago al agua», inmersos en ruido, humo, y desperdicios contaminantes de todo tipo. La gente está feliz. Lamentable, aunque soy parte de esto ¿y cómo evitarlo? ¿acaso o puedo dejar de ser humano, sustraerme de toda sociocultura, o simplemente dejar de existir? Sea porque necesito comer, y aquí hay comida (truchas a la orden), sea porque volveré a la gran ciudad donde esta devora necesariamente recursos naturales mientras cerca los refugios dramatizados de la naturaleza, no hay modo: debo pues, ser testigo de los frágiles refugios de naturaleza. Irónico que tamaños colosos tan impresionantes, esas pirámides blancas que han estado aquí desafiando los tiempos, puedan sucumbir con tal insoportable facilidad al virus-hombre.

Volviendo, como pueda.

Siendo las 6.15 p.m., en Caraz, se precipita mi partida :(

Allí abajo, en Caraz, entre más helados y pasos apurados, llega el crepúsculo. Solemne y triste despedida, sin poder desprenderme de todo. Mientras, la penumbra vuelve, como la rutina. A dicha oculta y silenciosa, llevo en mí la Cordillera Blanca.




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